La experiencia vivida. Balance de la junta de filosofía 2007/2008.
El ingreso de enActo a las juntas departamentales de filosofía y letras allá en el lejano y brumoso 2007 no fue la consecuencia lógica de una verdad revelada sino el ariete de una decisión más cercana al acto de fe que al plan estratégico. Un acto de fe, sí, pero no la fe ciega e intolerante de la militancia tradicional: una voluntad de hacer antes que de padecer, el anhelo de participar y ser parte pero no como soldados de los intereses ajenos, no como nuevos monitos incorporados al paisaje militante. Sin conocer el contexto en el que ingresábamos, ni las tradiciones de militancia, ni los códigos de disuasión, las artimañas o chicanas que son el día a día de la práctica política, nos lanzamos al espacio de la política institucional desde la reivindicación independiente.
El aprendizaje político consiste en vivir las cosas a la velocidad en que deban suceder. Algunos cambios son lentos y apenas si pueden percibirse, otros ocurren con tanta velocidad que es difícil entenderlos. Comprender y dominar estas velocidades políticas quizás esa sea la enseñanza más difícil de conseguir, pero que hemos perseguido incesantemente a lo largo de todo este tiempo.
Para algunos amigos cínicos, enActo es quizás demasiada fe y apenas algunas líneas estratégicas detrás de ella. Lo lamento por ellos: en el hacer político nunca partimos de verdades sacrosantas e irrefutables sino que siempre tuvimos un gran aprecio por la iconoclastía de las tradiciones políticas, vinieran de donde vinieran.
En la praxis cotidiana y en las juntas departamentales fuimos aprendiendo y descubriendo el terreno que se abría ante nuestros ojos: el encuentro y la interacción entre los actores políticos de los distintos claustros. Pero no nos dejemos engañar: estas reuniones eran ocasiones frecuentes para el enfrentamiento estéril entre actores y sectores —inclusive dentro de un mismo claustro—, que no daban lugar a ningún tipo de construcción positiva, obnubilados por la acumulación de capital político sectario o personal. Pretendieron arrastrarnos en su vorágine, pero continuamos haciendo frente, con franqueza y seriedad, ante los tejes y manejes de aquellos que o bien pretenden congelar la carrera de filosofía tal y como está —, compulsados por el pánico a lo diferente y por el mezquino miedo a perder una pizca de su mísero poder—, o bien anhelan convertirla en tierra arrasada —compulsados por su odio a lo existente y por el mezquino miedo a perder una pizca de su mísero poder—.
Ante las prácticas de la destrucción masiva postulamos la política como el arte de buscar la norma de convivencia en la coyuntura inmediata: las revoluciones no suceden en el aire, comienzan aquí y ahora, viendo qué es lo que falla, qué es lo que está mal. Así, de esta manera, comenzamos haciéndonos cargo de los problemas heredados de tiempos anteriores —como la reforma del plan de estudios— a la vez que desplegamos nuestras propias preocupaciones, lo que nosotros creemos que está mal aquí y ahora, en el camino a esa norma imposible. Las revoluciones no suceden en el aire. De lo contrario la carencia inicial decanta en lamentos quejumbrosos y estériles, el vergonzante tabú de la política universitaria.
Si la opinión pública nos abarca e involucra a todos, la política universitaria lamentablemente convoca sólo a unos pocos; sus proyectos se susurran con hilo débil mientras la protesta se lee a voz de cuello. Hay una política silenciosa y realista, la política de la madurez, que debe salir a la luz y dejarse ver, que debe mostrarse y reivindicarse, porque no es culpable de nada sino de prestar atención a su propia urgencia y coyuntura en su intento por transformarla.
Con esta dirección y estas convicciones fue que surgieron los diversos proyectos que enActo impulsó y motorizó en estas juntas departamentales —las tutorías, los seminarios de metodología, la difusión de jornadas de investigación, en busca de ampliar y abrir los espacios, fortalecer el modo de la cursada y abrir un espacio para nuevos modos de ella, difundir la mejor información sobre la investigación y a la vez poner en la picota a la investigación misma. En definitiva, hablamos de hacer del juego político-académico una práctica lo más abierta y transparente posible en nuestra facultad, y ya no tan sólo el guetto endogámico de la militancia fosilizada.
Una vez más las velocidades de los cambios marcan el ritmo de nuestro trabajo, que no es elitista ni “de derecha” como algunos quisieran. Buscamos reinsertar la política en el seno de la vida estudiantil misma, sin tabúes, sin los infantilismos de los círculos de iluminados anarquistas, marxistas, peronistas o liberales, sean quienes sean. Y buscamos hacer de la filosofía una profesión digna y sólida, competente y profesional, que no se encuentre desconectada del mundo fuera de puán (porque sí, ¡hay un mundo vasto y maravilloso fuera de esta facultad!), pero que no ahogue la valiosa facultad crítica de sus miembros para con ese mundo (porque no, este mundo unipolar está lejos de ser un lecho de rosas).
Aquí es donde nos encontramos ahora, casi dos años después; algunos procesos han cambiado completamente durante este lapso, otros apenas si han evolucionado y algunos problemas permanecen desesperantemente intactos, como la tan mentada reforma del plan de estudios. Ya no somos los mismos: perdimos mucha de aquella inocencia con la que embarcamos en esta aventura. Pero seguimos apuntando a construir a través de la seriedad, de la conformación de proyectos: instauración de tutorías, creación de un seminario de metodología en investigación —compuesto por estudiantes avanzados, graduados y docentes—, puesta en debate del rol del graduado, difusión de la investigación en humanidades, publicación y difusión de tesis. A fin de cuentas este ímpetu sigue siendo un acto de fe: fe en la filosofía.
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