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La política en tiempo presente.
Junta departamental de Letras.
Balance 2007/2008.

No es exclusión, es otra cosa. La política universitaria comenzó a aferrarse a principios incólumes y solemnes; avanzando siempre vigía de no perder las arcas que contienen su tradición, encontrando un ritmo de movimiento que le es propio y la caracteriza: paso con lentitud, como quien viene de tan lejos que no espera llegar. Hasta que ha llegado a una instancia desde donde no es posible ir más adelante, sin antes cumplir las promesas que el pasado depositó en su tiempo, sin antes con-quistar los principios. Y dirige toda su energía para alumbrar esa parte, parte, que lejos está de ser el todo.

Principios son la reivindicación de los docentes y la catástrofe edilicia. Lo cual no es noticia para nadie, al menos no debiera serlo. La gran masa de docentes que se incorpora a la carrera sin posibilidad de legitimar su puesto mediante los concursos forma parte de la orden del día y en ese estado de excepción llevamos más de diez años. Constantemente las diferentes cátedras necesitan incorporar docentes que, lamentablemente, estén dispuestos a trabajar ad honorem o con una renta precaria en el mundo más perfectible que uno pudiera anhelar desde esta situación. Y por supuesto que luego uno no puede querer sino que se respete la con-tinuidad laboral de ese docente que tanto sacrificio hizo por nuestra Universidad, dado que, legitimidad de la carrera docente y continuidad laboral, se encuentran en la base de cualquier política universitaria respetable. Por otro lado, el ahogo presu-puestario: constantemente se evalúa la posibilidad de… pero no alcanza, mientras tanto la matrícula de los estudiantes va en ascenso y nuestra facultad pareciera tomar la dirección contraria; las aulas parecen menguar y esta situación repercute en la oferta horaria de las materias, que deben turnar, cuatrimestre a cuatrimes-tre, su prioridad de dictado. En base a los alumnos inscriptos se otorgan las aulas o en base a la relación con la gestión. Todo esto ocurre durante el inmediato comienzo del cuatrimestre, se aprueba o se expide a favor de tal cuestión o tal otra, bajo el estado de emergencia, bajo el estado de excepción.

Entonces parece llegar el momento en el cual no es posible avanzar sin antes saldar estas cuestiones: los paros, las marchas y la reciente toma de la facultad son los más claros ejemplos de la necesidad de terminar con tan paupérrima situación, porque con ella arraigada en lo más profundo de nuestro suelo universitario no es posible seguir hacia adelante, y efectivamente no se lo hace. Y acá surge otro in-conveniente. ¿Por qué se decide dejar de lado cualquier tipo de transformación que no cumpla con estas consignas? ¿Una mera jactancia de la quietud?

Puesto que desde esta perspectiva el ahora es el tiempo en el que el pasado debe redimirse, cualquier conciliación con el presente pasa a ser legitimación del estado actual de las cosas, de las penumbras que cubren nuestra época. Cualquier medida que pueda pensarse o efectivizarse pasa a ser calificada como contraria al verdadero curso que se debe seguir, cualquier acción dirigida hacia adelante es de-signada como un pacto con el presente en detrimento de los principios que rigen la política actual. Sin embargo, nuestra mirada interna nunca alcanza a todos los rin-cones, la luz de nuestros días solo ilumina una parte, unos fragmentos. Aquello que no es afectado por ese haz de luz no nos es consciente. Lo cual no significa que aquello no exista previamente; ya estaba ahí, es sólo que lo veremos más adelante. Y si está ahí, sucede entonces que podemos percibir su latencia, aunque todavía no sea una tendencia definida. Por eso decíamos que no era exclusión: la política uni-versitaria no interpela a los estudiantes, no lo hace al modo de una exclusión, sino como aquel que no los puede visualizar. Pero estamos ahí. Porque es importante no ser ingenuo en este punto: también se gobierna desde el estado de excepción y des-de la suspensión de las normas y leyes.

Bajo estos grandes conflictos se encuentran otros, que también forman parte del día a día de nuestra facultad. La brecha entre los profesores y los estudiantes tiene la forma de un quiasmo a lo largo de estos años. Los estudiantes no podemos ingresar a una cátedra sino es por medio de una afinidad electiva con los profesores y progresivamente somos dejados de lado en tanto sujetos hasta que la situación primaria no sea efectivamente resuelta, esto es: solucionar las medidas vinculadas al presupuesto o de lo contrario dejar de hacer. Estamos descuidando espacios que la facultad nos brinda. Una apertura real y democrática que permita el acceso, o simplemente el acercamiento, al grueso de los estudiantes que estuvieran interesa-dos en formarse, de acuerdo a sus decisiones.

Podemos pensar también en los caminos de la investigación, pero hoy son incógnitas resueltas por algunos iluminados. Más allá de estos individuos que pa-recen escapar a su tiempo, ¿qué queda? Queda una carrera que no alcanza a los estudiantes, queda un estudiante que escapa a la carrera; el abandono en el que se tiene al estudiante es parte de la causa del abandono del estudiante de la carrera. La auténtica consigna debe dejar de ser temor y compasión hacia nosotros mismos, necesitamos que la tenacidad y la esperanza gobiernen nuestros actos.

Necesitamos alumbrar otros caminos, que nos permitan encontrar nuevas instancias desde donde enfocar nuestra carrera. Por eso tal vez sea el momento de comenzar a repensar nuestro plan de estudios o quizá actualizarlo. El mismo fue creado hace 20 años y si bien nos permite manejarnos con una autonomía, se nos complica a los estudiantes adivinar cuál es el trayecto que debemos recorrer para nuestra formación académica; elegimos las materias de acuerdo a los comentarios de nuestros compañeros que ya transitaron por esos rumbos, a veces es meramente una cuestión de que los horarios nos permitan hacerlo, las menos en base al pro-grama que dicha materia dicará. La constante desinformación nos sumerge en más confusión. ¿Cómo descifrar el plan de estudios? ¿Cómo saber cuál materia nos ser-virá? O más aún: ¿cómo saber si la podremos cursar en ese horario, si la encontra-mos publicada el mismo día en que debemos inscribirnos?

Y si las pequeñas decisiones que nos conciernen a nosotros mismos, se en-cuentran determinadas por un estado paupérrimo de organización, no podremos siquiera vislumbrar aquellas otras decisiones que se toman en torno a intereses, si se quiere, más profundos. ¿Cuándo son las reuniones de Junta del departamento de Letras? ¿Dónde ocurren? ¿Quiénes las habitan? ¿Quiénes tienen derecho a asistir, hablar, opinar, tomar notas, en fin, participar? ¿Qué se discute?

Por esto es que quisiéramos que la luz refractara sobre el todo. Pero sucede que esta luz debe ser alimentada constantemente para que pueda iluminar, cuando esto no sucede y comienza a disminuir su intensidad, se hace más difícil definir las formas, ellas escapan a nuestros sentidos y nos sumergimos en los claroscuros. No existe una única energía que sea capaz de incluir a toda la totalidad de los estu-diantes, sino que debemos ser los estudiantes, aún sosteniendo nuestras singulari-dades, quienes seamos la energía. Como estudiantes no podemos esperar a que lle-gue el día en que una política universitaria nos incluya, sino que debemos ser quie-nes hagamos una política integradora. Con esto queremos decir (un poco avergon-zadamente de que sea necesario explicitarlo) que las consignas de lucha se han ido fosilizando con el pasar del tiempo; el estado de excepción forma parte de nuestra rutina. No se puede avalar ninguna consigna inmediata por no cumplir con el es-tandarte de la gran consigna – que casi se podría escribir con mayúscula – y se pre-fiere dejar de lado, arbitrariamente, cualquier modificación que permitiera trasegar el abismo sobre el que deambula nuestra Universidad, incurriendo en un nocivo desprestigio de nuestras generaciones y del compromiso con nuestro propio presen-te. Porque estas Consignas, si bien en una primera instancia han sido un firme paso hacia adelante, hoy, cubiertas por el polvo, son el recinto donde se alberga el conformismo, y el mensaje que ofrecen es que lamentablemente hemos elegido un mal momento para ser estudiantes de letras, parafraseando unos conocidos ver-sos: ¿a qué estudiantes de letras en tiempos de miseria?

En realidad, los espacios que transitamos no son recintos cerrados, es lo propio de ellos el crescendo. El aumento de la cantidad de estudiantes que somos en la carrera de Letras es la muestra de eso, los últimos diez años la matrícula ha cre-cido progresivamente. El ingreso masivo a la Universidad es un desafío, y la res-puesta desde sus instituciones y su gobierno no ha sido más que considerarla un problema - ¡Imposible pensar la política así!-. Sin poder transformar, rehusando con la novedad… Justamente los tiempos que han marcado la historia nunca han sido percibidos como floridas primaveras, nada más alejado de ello. La sensación siempre fue como si hubieran enfrascado una tormenta en la continuidad de los días.

Es lícito conservar las arcas de los que lucharon, nadie pude cuestionar su status, pero es diferente cuando el presente se deja de lado por no parecerse al pa-sado, es diferente cuando se lo culpa de no parecerse a aquello que quisiéramos que fuera, porque mientras tanto permanecemos en él. No encontramos la fuerza para cambiarlo porque nuestros contemporáneos ya han dejado de serlo para volverse meros coetáneos; compañeros de época, no de pensamiento y menos de actuaciones. La luz que nos debiera iluminar el camino de lo que vendrá, no hace sino alum-brarnos aquello que existe previamente, su dirección es regresiva. Sin embargo olvidamos, y no debiéramos hacerlo, que juventud es sinónimo de movimiento hacia adelante, ella bien sabe que allí donde alienta el peligro, allí crece también la sal-vación.

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