.Facultad.de.Filosofía.y.Letras

CEFyL

Tormentas de arena se agitan en la arena política. Las impulsa el viento que soplamos día a día, la tradicional liturgia de la militancia estudiantil. Es el viento que desgasta y erosiona las rocas y nos hunde y entierra bajo las dunas, fundiéndonos lentamente en la quietud inmóvil del desierto. Es el viento que se lleva, como granos de arena, las miles de voces de estudiantes que no son escuchadas.

Hay algo que no funciona con la manera en que se conduce nuestro centro de estudiantes, y esto lo vemos cuando nos enfrentamos una y otra vez a las viejas preguntas pendientes con las mismas viejas herramientas, esperando obtener nuevas respuestas que nos orienten entre tanto polvo. Cuanto más se insiste y se sigue insistiendo en la prédica, cuánto más se baila desnudo entre las dunas al ritmo del folklore militante, tratando de disipar frenéticamente los espejismos que se ciernen amenazantes, más se desgasta el vínculo con la realidad que nos rodea y más se aleja la posibilidad de transformarla.

Las formas que adoptó la militancia en los últimos años son formas erosivas, como el viento que golpea las rocas y bruta y lentamente las vuelve arena, con el paso infinito de siglos que no caben en la mente humana. Formas erosivas como la soberbia política, que golpea los cimientos, que no escucha las pequeñas voces que se alzan, que mina las bases de confianza mutua y reciprocidad, necesarias para la construcción de un movimiento político estudiantil masivo.

Esas formas dejaron vacío nuestro centro de estudiantes: fundamentalmente vacío de debates, de acciones conjuntas, de participación, de información, de oídos abiertos y receptivos. Se vio reducido a un mero apéndice, un sello, un símbolo, una bandera que las fuerzas de la conducción se disputan para llevar de aquí para allá - tal como pudimos ver a medida que pasaron los meses que duró el conflicto entre el gobierno y las entidades agrarias. Un tironeo por los símbolos, en lugar de una invitación a que los estudiantes construyan un debate que los sitúe como actores críticos y no como espectadores, por el que puedan sentirse parte del conflicto y movilizarse colectivamente. No fomentan la vocación crítica ni el protagonismo, fundamentales para que los jóvenes seamos actores de la lucha distributiva de nuestro país.

Pero esas formas se defienden goebbelianamente, etiquetan como agentes de las camarillas, de la CIA o del capital transnacional organizado a aquellos que no abrazan su dogma, sus modos, su lenguaje. Levantan una piedra en el desierto y encuentran arañas y escorpiones demoníacos, deliran compañeros que se infiltran en la facultad y operan secretivamente por la destrucción de la educación pública. “¡Al servicio del capital!” están quienes disimulan su estrategia de miedo y mentiras tras las luchas populares.

Panem et circenses. Mientras el CEFyL-sello alimenta la guerra de banderas, el CEFyL-fotocopiadora se materializa como unos de nuestros pocos espacios de encuentro y discusión: donde nos encontramos haciendo la cola, donde discutimos porque nos hicieron mal la fotocopia. La verdadera discusión política pareciera haberse desplazado a los foros y grupos de mails, a los cafés que rodean la facultad, a los colectivos que nos llevan de vuelta a nuestras casas. No se encuentra ya en los espacios que el CEFyL impulsa y propone.

Y mientras esas formas gritan y soplan, reducen al CEFyL a una medalla para ser incluida en la vitrina de tal o cual partido; mantienen al CEFyL como el centro de distribución de apuntes que fundaron los morados.

En el medio de esas dos quimeras: el grueso de los estudiantes. Hacen cola en el patio. Pero la cola, afortunadamente, no es infinita. Lo que es infinito es el potencial crítico y creativo que ellos portan, que a falta de verdaderos espacios de discusión, plurales, abiertos y receptivos a la novedad inevitable, crean los propios. Discuten, se organizan, estudian, escriben, proponen. Reformulan y cambian las reglas de la participación.

Pero la tradición de la militancia estudiantil no presta atención a estas iniciativas. Desatiende y hace oídos sordos a las voces de los estudiantes, descalifica sus prácticas innovadoras, subestima a quienes las llevan adelante. Y así genera una política alienada que proclama un movimiento estudiantil pero al mismo tiempo es completamente ajena a esos estudiantes que deberían protagonizarlo.

¿Podemos llegar a entender esta negación como un desinterés en otorgar masividad al movimiento estudiantil, en construir un movimiento que responda a las características de los estudiantes de hoy, como un velado intento de mantener el control sobre los recursos y los símbolos?

No podemos dar una respuesta absoluta a esta pregunta, pero sabemos algo: el tiempo en que se erosionan las cabezas, a diferencia de las rocas (por suerte para todos nosotros) cabe sin dificultad en nuestra imaginación y nos permite darnos cuenta de lo que está sucediendo y cómo debemos tomar acción para evitarlo.

Esa acción es un esfuerzo. Ese esfuerzo es, hoy por hoy, la dirección en que debe soplar el viento de la militancia, para dejar de erosionar las mentes de quienes tienen que poner el cuerpo al movimiento y despejar los obstáculos que le impidan avanzar. Para que avance y alcance sus objetivos y cumpla sus aspiraciones de transformar para bien el mundo en que le toca vivir.

Se trata de un esfuerzo que pueda abrir los códigos cerrados de la militancia, códigos férreos que impiden que se acerquen y participen nuevos actores.

Se trata de un esfuerzo no solo por abrir ese código, sino para mantenerlo abierto. Abierto no sólo para quienes hoy militamos, sino para todos los potenciales estudiantes que quieran sumarse a la política, que quieran apropiarse de ese código para transformarlo con su aporte individual. Esto es, fundamentalmente, un esfuerzo para poder escuchar y recibir lo que las miles de voces que no asisten a las asambleas ni a las marchas tienen para decir, para proponer, para proyectar.

Se trata de un esfuerzo por evitar el debate burocrático de organizaciones, y por construir espacios de producción política e intelectual real, por establecer un protocolo político común, por ensamblar una herramienta útil a todos los estudiantes, los agrupados y los no agrupados, los que ya están politizados y los que están buscando una vía para politizarse.

Se trata de que quienes hoy militamos asumamos la responsabilidad de abrir el camino para que todos los que quieran puedan sumarse.

Si ese esfuerzo no se dio durante lo que duró el conflicto del campo, tuvimos un atisbo durante el debate que generó la reciente lucha universitaria. Este debate atrajo nuevos participantes: a las asambleas, a las tomas, a las marchas; a muchos compañeros no habituados a involucrarse en los espacios tradicionales de la política de nuestra facultad. Los reclamos presupuestarios, los problemas edilicios, los docentes ad-honorem, la democratización, problemas reales de nuestra universidad, permitieron que muchos estudiantes se acercaran y dieran su opinión, sin repudios, sin descalificaciones.

Pero ese esfuerzo no es cosa de una vez. Cuando sedan estas aperturas, parecieran ser más el producto de una circunstancia propicia que el de una verdadera voluntad de inclusión a los compañeros no agrupados, de una verdadera voluntad de encauzar y aprovechar la potencia de todos los estudiantes. No se acumula ni se construye a favor de un movimiento estudiantil que pueda defender la educación pública o pueda formar parte de lucha alguna.

Así se deambula por el desierto. Se ahoga esporádicamente la sed de cambio en algunos oasis que depara la coyuntura, y luego se continúa vagando, con la vista fija en el horizonte, atravesando ciegamente las tormentas, esperando que al cruzar la duna más alta se funda el suelo con el cielo. Y el tiempo apremia, el viento sigue pegando, el polvo sigue cayendo.

Escuchémonos.

Proponemos abrir el código para reorientar la discusión; reorientar la discusión para recentrar el movimiento; recentrar el movimiento para permitir que crezca, se desarrolle y cobre la fuerza necesaria para dar fin (por satisfechas) a sus reivindicaciones.

enacto@gmail.com

copyright © 2006 enActo.org

diseño NSNC