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Éste documento fue publicado el 13.06.2009 bajo la categoría Posiciones.

Esas naves espaciales van a salir de la atmósfera, se van a remontar a la estratósfera y desde ahí elegir el lugar a donde ir. De tal forma que en una hora y media podemos estar desde Argentina en Japón, en Corea o en cualquier parte del mundo.
C. S. Menem

Repetidas veces se ha dicho que en nuestra facultad carecemos de discusiones verdaderamente políticas. Discusiones que puedan constituir un marco conceptual e ideológico enriquecedor para acciones futuras de transformación. Esta carencia, sin embargo, radica en una separación previa, que se ha vuelto casi constitutiva de la experiencia-puán, entre pensamiento y acción.

Desde este imaginario, ampliamente difundido, la acción ha quedado en manos de la militancia política tradicional que no logra interpelar a los estudiantes y se encierra en prácticas retrógradas que obstruyen una integración real. El intento de imponer ideología a partir de categorías y prácticas desgastadas da claras muestras de su fracaso en la falta de convicción e interés de la mayor parte del estudiantado, que no sólo no participa del debate político a nivel nacional, sino que ha dejado de preocuparse hasta de las reivindicaciones que le son más inmediatas.
El debate político que se plantea desde “la izquierda” está profundamente viciado desde sus fundamentos: cualquier posición diferente a la del pensamiento único es estigmatizada sin más: burguesa, fascista, reformista, posmoderna y de derecha. La veda está impuesta sobre el pensamiento, que queda esterilizado, castrado. No se puede pensar nada nuevo; y lo viejo -falsa momificación del pasado- ha perdido toda relación con un contenido político real y movilizador con el que supo afrontar de un modo consecuente las reivindicaciones de su tiempo. Sólo se puede pensar lo que el discurso dominante dice que se puede pensar. Discurso dominante que se corresponde con una serie de prácticas que se proponen revolucionarias, transformadoras, pero que demoran e inmovilizan. No se puede pensar nada nuevo, no se puede hacer nada de diferente. ¿Si estos no son los reaccionarios, los reaccionarios donde están?
Por fuera del debate: todo. Los manejos presupuestarios de la UBA, sus consecuencias en el dictado de materias, la situación edilicia, el avance privatizador en los postgrados, la educación media, la dirigencia política, el conflicto social. Estos problemas -que se pretende tratar en asambleas y resolver con simples comunicados de repudio siempre iguales- nos encuentran disgregados, ciegos en una disputa interior que nos impide alcanzar cualquier nivel de integración o unidad. El miedo a enfrentarse, pensar y transformar el objeto primario de la política: la realidad; en pos de mantener la veneración hacia un legado ideal, incorruptible, exento y privado de cualquier relectura. La política como el arte de lo posible se vuelve imperio de lo imposible y el deseo de transformación se diluye difundiéndose en meros gestos de falsa intervención.

El otro término de la discusión política, el del pensamiento, es comprendido en las antípodas de este fenómeno micro-bio-troskista. Los tópicos y actividades reservados para los “animales que piensan” se han convertido en meros pasatiempos discursivos y eruditos, incapaces y temerosos de traspasar la barrera del concepto puro para problematizar la realidad, a la que acusan de vulgar.
Esta farsa se encuentra en las bases mismas de la institución, alentando un modelo de intelectuales condescendientes, dedicados a la sacralización, que se resignan a no intervenir en la construcción del sujeto político, ignorantes y mezquinos a la hora de transmitir sus pensamientos.

Mientras tanto, el único espacio-tiempo del que no podemos escapar es nuestra facultad, esta fábrica de cigarrillos reconvertida en una torre de marfil en la que las decisiones siempre las toma otro, en la que los problemas son siempre culpa de otro.
¿Torre de marfil? Torre sin cimientos, sin estructura, pero sobre todo, sin vida. Paradoja de la modernidad iluminada, donde el pensamiento, primer motor de la acción es un entretenimiento del ser para la muerte. Y es ahí adonde vamos, a la muerte del sujeto social que nos jactamos de constituir, la muerte del intelectual que sólo puede redundar en la perpetuación de la indiferencia.

Hay, sin embargo, un tercer componente elemental de la experiencia Púan, resto de la escisión entre acción y pensamiento: la angustia. La angustia de todos aquellos que no compran discurso, que no quieren vender ideas. La angustia de quienes atraviesan sus carreras con la expectativa de encontrar aquello que los movió a comenzarla. Y la de aquellos que tienen mucho que decir acerca del mundo en el que viven y no encuentran dónde. La angustia de los olvidados que generamos con nuestra propia dinámica política e intelectual. La de los que no son ni demasiado pequeño-burgueses ni marcianos soviéticos. Es precisamente en esta angustia donde se oculta el potencial creativo de quienes transitan la facultad. Es tiempo de soltarla y discutir política.

Hay un solo comentario para “”

  1. Gustavo Mercader dice:

    Comparto la opinión y agrego.
    “Los militantes `de izquierda` y los intelectuales condescendientes” tienen una postura típica de clase (medio-alta), mesiánica y antidemocrática. Rehuyen e inhiben el debate.
    Profesan un “revolucionarismo” intrascendente, no producen cambios ni permiten que otros los promuevan, defienden el `statu quo`.
    Sí, se necesita una revolución que les quite el poder que detentan para liberar las fuerzas del pensamiento. (perdón por ser algo cursi) Saludos muchachos, sigan adelante.

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